La pareja, recién llegada a las tierras apenas adquiridas, se detuvo frente a la finca. Un pequeño camión de mudanza y una camioneta doble cabina habían traído sus enseres. Alberto Miranda, presuroso y atento, tendió su mano a su esposa, cuyo avanzado embarazo le impedía bajar con soltura del vehículo. Los dos permanecieron de pie unos instantes, observando la inmensidad de la llanura a lo lejos. Pero frente a ellos, la vieja finca se alzaba hermosa, pidiendo a gritos atención: su pintura estaba deteriorada, su herrería y madera resecas, urgentes de barniz y color. A poco más de veinte metros se extendían los campos de granados, que apenas comenzaban a florecer. Era tanta su belleza en conjunto que la pareja lo tomó como una bienvenida. De pronto, unos movimientos bruscos en el vientre de Gerania los volvieron a la realidad. Los empleados contratados, parados muy serios, esperaban pacientes las órdenes para bajar la carga.
En una semana, la casona ya había tomado forma. Aunque aún carecía de varios muebles y enseres, funcionaba confortablemente para las necesidades básicas. En esa primera semana llegó también Zenaida, una pariente lejana de Gerania. Alberto la había solicitado para que apoyara a su prima, quien, en su condición de embarazo casi a término, necesitaba ayuda en la organización de la casa y de su propia persona. Pasada la primera quincena viviendo en sus tierras granadinas, Alberto inició con prisa una poda urgente antes de la floración, para asegurar la cosecha. Un grupo de trabajadores se alojó en los almacenes y bodegas rehabilitados, mientras se instalaba la procesadora de jugos con todo lo que implicaba el proyecto.
Así como el viento se lleva las hojas secas, también arrastra rápido los días. El trajín en las tierras granadinas era tanto, que Alberto descubrió, de pronto, que varios árboles ya mostraban flores entre el verde de su follaje renovado después de la poda. Emocionado, cortó con cuidado una ramita que tenía a la altura de su rostro, donde tres botones rosados y cerrados pendían. Con ellos en la mano, entró a la casona y los puso en las manos de su esposa. Gerania los recibió con el mismo amor con que él se los entregó, pero su rostro mostró una expresión mezcla de sonrisa y dolor. El momento llegó. Casualidad o destino, coincidió con la floración de los granados. En esos cinco días en que viajaron raudos a la ciudad, y regresaron con el pequeño bultito entre los brazos de Gerania...
...se quedaron sorprendidos al ver las hileras de árboles granadinos completamente llenos de flores. —Mira, querida —dijo Alberto—, Dios nos bendice. Nuestra hija trae su torta bajo el brazo. La cosecha pinta generosa. Habrá granadas suficientes para echar a andar la procesadora. —El nacimiento de dos anhelos —contestó la esposa, moviéndose con lentitud mientras entraba a la casona. Zenaida las recibió sonriente y tomó entre sus brazos a la recién nacida. —Su cuna está lista —dijo—. Solo pídeme si la dejo en su alcoba o la coloco en la de ustedes. Gerania dio las instrucciones pertinentes. Así, en la finca granadina comenzaba una etapa de gran importancia para la familia Miranda.
El viento veraniego desprendió hojas del calendario, y pronto surgieron muchos cambios en la finca. Los granados, colmados de frutos rojos, formaban el mejor paisaje para cualquier espectador. La cuadrilla de pizcadores fue tomando las hileras correspondientes para el corte, mientras montañas de cajas plásticas quedaban distribuidas en cada corredor entre hilera e hilera de los frondosos árboles. Paralelo al movimiento de los trabajadores, las instalaciones de la procesadora de jugo esperaban. El tractor de carga de la fruta abrió su amplia puerta, y quienes estarían a cargo de cada parte del proceso, con sendas batas blancas y equipo completo, comenzaron el día.
Alberto, con expresión de gran satisfacción, llevó una copa del rojo néctar a su esposa. Gerania, con Rojiza en brazos, lo recibió como un ritual amoroso, expresando su petición al universo para que la empresa fuera siempre exitosa. Luego, ambos tomaron un sorbo de la copa del maravilloso líquido. Zenaida, que observaba atenta el evento, habló: —A Rojiza no la dejen fuera de este momento tan importante.
Con una pequeña cuchara pidió autorización a los esposos. Solo con un ademán recibió el sí. Con sumo cuidado, tomó una pequeña cantidad de la copa y depositó unas gotas en la rosada boca de la recién nacida. La niña, de apenas dos meses de vida, lo recibió con una sonrisa que iluminó a todos los presentes. Alberto aplaudió: —¡Bravo! Te ha gustado. Esto es un buen augurio. Así va a gustar a nuestros consumidores.
Zenaida aprovechó para hacer una petición. —Alberto —dijo—, ¿puedes designarme un granado, próximo a la finca, que no lo toquen en la pizca? Que sea solo para Rojiza, y cuyos frutos sean para su jugo de la mañana. —¡Claro! —aceptó el padre—. Será uno cuyos frutos aún no tengan la madurez para el corte. Así mi niña tendrá los meses permitidos para consumir el jugo de granada, y su pediatra nos instruirá en la forma correcta de tomarlo según su edad. Los tres adultos festejaron la idea. Zenaida, satisfecha, recibió a la nena en sus brazos y la condujo a su cuna. —Qué genial idea tuvo Zenaida —dijo Gerania—. ¿Te parece? —Sí, excelente. Ella tendrá su propio árbol de granado —respondió Alberto, sonriendo complacido.
A partir de ese día, siempre al amanecer, cuando el sol aún no asomaba el rostro tras la lejana montaña del sur, Zenaida aparecía con un recipiente lleno de agua que vertía sobre el follaje del granado, arrojando el líquido por todo el alrededor del árbol. Ella explicó, cuando alguien le preguntaba sobre esa rutina, que, dado lo fuerte y caluroso que el sol se había transformado, e impedía que las plantas se desarrollaran a plenitud y dieran buenos frutos, ella trataría de que el granado de Rojiza fuera el mejor de todo el extenso cultivo, y que sus granos fueran del rojo más intenso y de una dulzura sin igual. A medida que la nena crecía bajo los cuidados de Zenaida, fue tomando conciencia de que aquel granado era solamente suyo. Con frecuencia, al atardecer de algunos días, la nana y Rojiza pasaban mucho tiempo bajo la sombra del árbol. A veces degustaban granos de rojo encendido que Zenaida iba desprendiendo ceremoniosamente del fruto y ofreciendo a la niña.
Rojiza se convirtió en una mujercita de colegio. Justo bajo su árbol resolvía sus tareas, siempre con apoyo y compañía de su nana querida, quien, entre descanso y descanso de la tarea, le ofrecía una copa de fresco jugo. La niña lo consumía con placer siempre. Sus padres disfrutaban la forma en que Zenaida organizaba todo en la finca. Se había convertido en un personaje indispensable. Ella misma acompañó a Gerania al pueblo cercano para buscar colegio, adquirir útiles y uniformes para Rojiza. Gerania llegó a considerarla no solo una pariente lejana, sino parte de la familia. Era su amiga, su confidente. Más de una vez, Zenaida le recordó la pena por la pérdida prematura de su madre, y así fue ocupando un lugar en su vida: el de hermana mayor en unos momentos, el de madre en otros.
Cuando Rojiza se iba convirtiendo en una reina de mejillas encendidas, sus padres sentían frustración por no haber logrado darle hermanos. Sin embargo, ellos y Zenaida siempre la llenaron de atenciones. Su carácter alegre, ecuánime y amoroso era satisfactorio de ver. Optaron por resignarse y no pensar más en aumentar la familia. Adoptar resultaría muy complicado, y la atención de la procesadora y la distancia a la ciudad no lo permitían. Además, Rojiza nunca mostró necesidad de un hermanito. En el colegio, donde permanecía varias horas con sus compañeros, y con Zenaida, siempre encontraba compañía. Había convivencias cada mes con familiares de los trabajadores; varios niños y niñas de su edad ya eran sus amigos. Gerania y Alberto renunciaron a someterse a tratamientos y viajes para lograr un nuevo embarazo.
Así fue transcurriendo el tiempo, entre rutinas de unos y otros, pero siempre en tranquilidad. Ver cada mañana a Zenaida entrar a la alcoba de Rojiza con su jugo rojo de fresca granada era el inicio de las actividades. Luego venía el desayuno, donde se hablaba de los logros de la procesadora. Por el ventanal del comedor se hizo costumbre escuchar los motores de los tractores arrastrando la fruta y los gritos de los trabajadores. Todo formaba parte del movimiento cotidiano que, por uso de los meses, había que aceptar. Después volvía la calma, cuando solo quedaban los trabajadores para hacerse cargo del mantenimiento y cuidados de los árboles hasta el regreso de la pizca de granadas.
Rojiza, ya hecha una adolescente, mostraba su belleza. Junto con Zenaida arregló su granado. La nana le mostró la forma de podar las ramas necesarias, amplió el foso en torno al tronco, y bajo sus indicaciones lo regó siempre, a la hora y con el agua que Zenaida le proporcionaba cada día de riego. La nana se negó a que el agua que recorría el sistema de riego para la extensa huerta de granados involucrara a su árbol. Alberto y Gerania reían de las ideas extrañas de la nana, divertidos, respetando lo que hacía con su hija. Al final, era un buen aprendizaje para que tuviera interés y amor por lo que en un futuro sería de ella.
Los años pasaron, y dos o tres veranos después, Rojiza comenzó a renunciar a su peinado de cabello suelto, que tanto admiraban sus padres cuando el viento lo hacía danzar a su ritmo. Así, de pronto, apareció con un gran chongo sobre la nuca. —Ideas de tu hija —comentó Gerania cuando Alberto le preguntó sobre ese cambio. Ambos, con un movimiento de hombro, concluyeron el tema e iniciaron con los planes para la época de producción que pronto comenzaría, pues los árboles de granados estaban tupidos de frutos y pronto estarían maduros para iniciar el corte.
En la terraza de la parte alta, Rojiza esperó a Zenaida para que la peinara, como era frecuente que lo hiciera. Zenaida vio algo abultado sobre la nuca de su niña. —¿Qué es esto? —preguntó. —Justo te lo iba a preguntar yo, nana. Hace varias semanas descubrí este pequeño bulto sobre mi cabeza.
En silencio, Zenaida terminó el peinado de la joven y, en silencio, abandonó la terraza. Se dirigió a su cuarto, cerró con seguro la puerta y, en soledad, fue directo a una caja de madera que celosamente había resguardado por años en el fondo del baúl que, junto con ella, había llegado a esa casa hacía dieciocho años. Extrajo de esa misteriosa caja un viejo libro con pastas de piel y amarillentas páginas, donde extraños dibujos, signos y letras se mezclaban. Revisó por varias horas. Su rostro preocupado hurgó página por página, leyó y releyó varias veces. En su rostro se dibujó un gesto de preocupación.
Cuando el abultamiento en la cabeza de Rojiza fue imposible de ocultar, los padres, alarmados, iniciaron la atención del problema. Visitaron médicos y médicos, pero no encontraban solución alguna. Mientras tanto, el bulto crecía y crecía. Zenaida, en su cuarto, cada noche se veía con el libro mencionado, durante horas y horas, hasta que la luz del alba la sorprendía leyendo página tras página. Cada mañana, en la hora del desayuno, el tema era la cabeza de Rojiza y su prominente bola, en la que incluso comenzó a aparecer otro abultamiento. Visitas y visitas a médicos y curanderos; ninguno tenía la solución.
Los desvelos de Zenaida continuaban. Su físico ya era otro: grandes ojeras rodeaban sus ojos, su piel se había vuelto transparente y cenicienta. —No puede ser —dijo Gerania esa mañana—. Ahora serás tú, junto con Rojiza, quien asista a consulta. Nos tienes muy preocupados. La afligida esposa buscó en Alberto la aprobación de sus palabras. Él, igual de preocupado, asintió y abundó con la sugerencia de que, el próximo lunes, todos viajarían en busca del alivio al problema de Rojiza y, de paso, verían a Zenaida. Después de ese viernes, Zenaida no durmió la noche del sábado. Leyó, anotó, releyó y escribió. De puntitas salía a la cocina, incluso fuera de la casona. Se internaba entre los árboles de granados. Al despuntar la aurora, sigilosamente, se refugiaba en su recámara, que por fortuna estaba alejada del resto de los aposentos, lo que hacía que no fuera descubierta por los miembros de la familia.
El domingo, al finalizar la cena y poner orden en la cocina, Zenaida se despidió de la familia con las buenas noches. —Mira qué temprano se retiró tu nana —dijo Gerania a Rojiza. —Sí —contestó esta—, se ve agotada. Me preocupa Zenaida, mamá, de verdad. —No te angusties. Ya será atendida. Viajará con nosotros y sabremos qué la aqueja —dijo Alberto, a la par que sugirió que todos fueran ya a la cama.
Una luz tenue iluminaba el rostro agotado de Zenaida en la ventanita de su cálida recámara. Leía, anotaba, subrayaba. Regresaba páginas, seguía adelante. De pronto, en su cansado rostro, apareció una sonrisa. Sus ojos recuperaron un brillo tan luminoso como el de la lámpara de su mesita, donde la mujer había trabajado durante noches y noches. Extendió los brazos, los elevó, como si expresara una gratitud infinita. Luego se tiró en la cama y, en pocos minutos, el sueño la atrapó profundamente.
El domingo amaneció. Zenaida, transformada muy temprano, preparó el más rico desayuno. Acomodó la mesa con sumo cuidado y esperó a la familia, que, sorprendida y a la vez contenta por verla otra vez animada, la saludó y felicitó por ese estado de ánimo que tanto habían extrañado en las últimas semanas. Cuando quedó sola, sacó de una pequeña bolsa de papel varias hojas, flores y extraños elementos que, en sus salidas nocturnas y caminatas entre los granados, había recopilado y guardado, luego de haber culminado con sus largas lecturas de las amarillentas páginas del misterioso libro. Preparó una infusión que, al esparcir su vapor, desprendía un aroma sutil y delicado que invadió toda la cocina.
Rojiza entró y quedó paralizada, aspirando el olor. —¡Nana! ¿Qué cocinas? Esto es fantástico. Si como huele sabe, hoy comeremos delicioso. La nana sonrió complacida. Mientras observaba amorosamente a su niña, le tendió una taza humeante que invadió los pulmones de Rojiza. —¡Waaa! ¡Qué rico té! Nunca lo habías preparado, nana. —No, este es especial. Este domingo también lo es. Deberías tomar una taza del mismo cada vez que veas sobre los granados volar una mariposa amarilla y a un colibrí libar las flores de un granado. Vámonos a nuestro árbol. Trae el tapete. Ahí esperemos. Yo llevo el té y tu taza.
Rojiza, que desde niña había disfrutado los juegos de la nana, obedeció divertida. Ahí pasaron todo el día la nana y la muchacha. No resultó extraño para Gerania y Alberto; era frecuente que disfrutaran horas en su granado. Aunque hacía tiempo no era común verlas así, lo festejaron. Mientras tanto, Zenaida, entre plática y plática, volvía a llenar la taza del aromático té que continuaba esparciendo su rico y extraño aroma.
Cuando las primeras estrellas salieron sobre el negror del firmamento, y la luna comenzó a iluminar los rostros de las dos mujeres, Zenaida sirvió la última taza del perfumado té. Rojiza, divertida, lo tomó con agrado y riendo exclamó: —Siempre me sorprendes con tus juegos, nana. Extraños, pero divertidos. —Sí, mi niña. Hora de regresar a casa —contestó la mujer con una sonrisa que Rojiza nunca antes le había visto.
La cena concluyó como siempre: comentando cosas de interés de unos y otros, y con las buenas noches finales. El silencio y la oscuridad del descanso comenzaron a llevarse a los cuatro habitantes hacia ese viaje irreal, ese regalo surrealista obligado, cuando la paz en los corazones tiene su nido y nos extrae del mundo real.
Esa mañana, el sol amaneció más brillante que otros amaneceres. En la cocina, la cocinera que cada día aparecía y desaparecía unas horas para auxiliar a Zenaida, como un fantasma silencioso, se le vio algo parlanchina. El jardinero, canturreando una canción, podaba ramas de aquí y allá. En la lejanía, el trajín de la procesadora no paraba en movimiento, con las salidas de trabajadores. Alberto entró apremiando el servicio del desayuno por los pendientes urgentes que resolver, pero todos, a cuál más de buen humor y contentos, se sentaron a la mesa y comenzaron a degustar lo que lucía delicioso.
Rojiza entró iluminada, sentada como siempre junto a su nana. Hablaron cada uno de su tema. Aprobaciones, comentarios y más expresiones llenaron la sobremesa. Por fin, Rojiza habló: —Estoy sorprendida. Anoche tuve extrañas dolencias en la nuca, pero el sueño en mí fue tan profundo y extraño que, luego de un gran pinchazo que sentí, entré en un sopor profundo. No supe de mí hasta hoy al amanecer. Y la gran noticia, familia querida: ya no tengo la "granada" en mi nuca.
Ella le había puesto así a su extraña protuberancia. Todos se dirigieron a comprobar el milagro. Vieron, tocaron, manifestaron la sorpresa con mil comentarios y parabienes para Rojiza. Zenaida permaneció callada hasta que la euforia se calmó. Entonces habló: —Debo confesar que yo provoqué ese problema en Rojiza con el jugo de granada del granado que yo misma elegí. —¿Cómo? ¿Qué tiene que ver eso? Eso no puede ser posible —dijo Alberto. —Permítanme ser honesta. Fue el amor, el excesivo amor por mi niña. Sacó su viejo libro de recetas. —Aquí encontré esa receta. Con el jugo de un cierto granado, la persona elegida sería bella, buena y feliz toda su vida. Pero no manejé con cuidado la receta. Viendo el problema, acudí a mi recetario y, después de muchas noches de estudiar e investigar, encontré la fórmula para enmendar errores. La apliqué ayer domingo a Rojiza. Las mariposas y el colibrí fueron esenciales. Hizo una pausa. Todos la miraban en silencio, atónitos.
—Perdón, perdón —dijo mientras levantaba su maleta, que yacía a un lado de la puerta—. No merezco su confianza ni perdón por el daño a mi niña. Atónitos, mudos, vieron cómo la mujer, maleta en mano, alcanzó la puerta de salida. No se movieron. Nadie habló.
Pero al unísono, los tres reaccionaron. Corrieron tras Zenaida, que pretendía llegar a la salida del extenso jardín con su rostro bañado en lágrimas. —¡No! —gritó Rojiza—. ¡Para, nana, para! Te amo. Te amamos. No te vayas. Fue por amor. Fue por amor lo que hiciste.
Se fundieron en un abrazo apretado, cálido, donde las lágrimas de Zenaida se mezclaron con las de Rojiza, y las de Gerania con las de Alberto. Porque el amor, a veces, trae tropiezos. Y a veces, también, los repara.